He observado que en ocasiones los veganos parecemos estar en una cámara de eco, para nosotros los preceptos de vida con lo que regimos nuestro día a día están muy claros (aunque a veces se nos dificulte llevarlos a la práctica), son bastante obvios, vamos. Por eso es que hoy decidí hablarles de un tema que por sentido común uno concluiría, sin embargo, si como especie nos sentimos lejanos a los animales terrestres no humanos, ¡que va! De los acuáticos estamos aún más ajenos.
Muchas personas me han preguntado que cómo me hice vegana, que qué me motivó, si se me dificultó, si extraño la carne o los lácteos, si soy una “verdadera vegana”, si no se me antoja un buen bistec e incluso hasta que si quiero necesariamente una pareja con el mismo tipo de alimentación y practicas de vida que yo. Las respuesta a estas preguntas son: con mucha fuerza de voluntad. Lo hice por tres razones. Sí, sí se me dificultó y no acabo de aprender. No, ya no extraño ninguna carne ni lo lácteos. ¿Verdadera vegana? Bueno, depende para quién. El bistec es una vaca para mí y no concibo ya la idea de comer animales. Sería genial tener un hombre vegano como pareja, más por el momento no es requisito fundamental.
Esta reflexión surgió en una reunión familiar como escenario, hablando de Joaquin Phoenix, de su discurso al recibir el Premio Oscar, de su veganismo y del mío, etcétera. De repente mi hermano dijo en un tono muy despreocupado y light: “eso es una moda, va a pasar”. Todos asintieron con una expresión y continuaron la charla en esa línea. Yo me quedé callada, de esas veces que no hablas porque sabes que sin importar lo que digas de nada servirá. En el silencio meditaba que ni las personas más cercanas a mí comprendían la filosofía del veganismo, ni a ellas había impactado mínimamente y sentí una profunda decepción. Este modo de ver la vida rige todas mis acciones, mis decisiones y lo hago de corazón, con todo mi ser, hasta donde tengo alcance.
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