Hasta el año 2020 pensaba que tener un hombre vegano como pareja era un requisito fundamental para mí, hoy pienso diferente, ¿por qué? Porque en el veganismo como todo en la vida, y en especial en el campo del amor, no existe tal cosa como un blanco o un negro, la escala de grises es infinita y caben muchas posibilidades.
Hay un dialogo en particular que la mayoría de quienes optamos por la alimentación vegana experimentaremos en algún punto de nuestras vidas:
Las prácticas de la alimentación vegana se manifiesta en formas paralelas de entenderla y llevarla a cabo, sabemos que el veganismo como filosofía de vida se comprende a través de la definición acuñada en 1944 por el fundador de la Vegan Society, Donald Watson: “un estilo de vida que puede cambiar al mundo al comer sólo del reino vegetal, al no consumir animales y al cuidar lo que se viste”.
Reflexionar acerca de lo que comemos y por qué lo comemos no es un tema que nos quite tiempo mental en el día a día. Generalmente si llegamos a pensar sobre ello, nos lo cuestionamos en términos de si el alimento es “bueno o malo” para nuestra salud y no a nivel de los ingredientes que contiene, de dónde provienen y cómo se obtienen.
Existe un meme sarcástico sobre el amor vegane, cómo es que se idealiza que la pareja lo sea o en su defecto, la soltería es la única alternativa. Muchas personas que practican esta postura y la permean en cada área de su vida tienen muy claro que desean encontrar a su vegan love, otres son más flexibles y pueden darse la oportunidad con alguien no vegane.
Existe una creencia alimentada en gran parte por los medios de comunicación, la cual consiste en identificar como vegane a cualquier personaje de la farándula que adopte la dieta basada en plantas por motivos de salud o medio ambientales. Si bien este manejo de información quizás no se haga de forma mal intencionada, sí tergiversa el significado real de la postura vegana, su práctica y su forma de vida.
Yo no soy mamá de Quinoa, no creció dentro de mí, no la parí, no compartimos ADN y no, definitivamente no somos de la misma especie. Sin embargo la críe, llegó a mí con escasos dos meses de edad y sin ningún sentido de la coordinación. La ayudé a desarrollarse, le di libertad al jugar para agudizar sus reflejos, le enseñé, aprendí con ella, la corregí, detecté sus inseguridades, las enfrenté con ella -muchas las seguimos trabajando-, atendí sus necesidades médicas y cual neófita, me documenté sobre la marcha. En resumen, la cuidé como a cualquier bebé que necesitaba que lo amaran.
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