Para mí como practicante del veganismo se ha vuelo muy importante el NO promover la industria animal en ningún sentido, no sólo dentro de mi alimentación, lo he extendido a todas las áreas de mi vida. Para lograr excluir todo aquello que conlleve maltrato animal o abuso medioambiental me aseguro de ser cuidadosa en lo que consumo y me pongo muy feliz cuando algún producto vegano resulta ser “Hecho en México”.
Hay una parte de mi rostro que no me gusta y que baje o no de peso jamás termina por desaparecer. Es la papada. Sé de antemano que como todo en el cuerpo sede a la gravedad, lo mismo sucede con ella y ni hablar, algún día me colgará, pero mientras eso sucede les voy a recomendar dos maneras súper, híper efectivas (y veganas) de disminuirla, reafirmarla e iluminar tu rostro en el proceso.
Recientemente muchas personas me han hecho esta pregunta: ¿la B12 es sólo para veganos? Yo no soy médico ni nutrióloga ni estoy dentro de alguna área de la salud, yo la consumo porque soy vegana y por esto mismo me he informado mucho sobre el tema, así que expondré lo que sé al respecto para que cada quien decida lo que le va mejor.
Afortunadamente hoy en día existen muchísimas opciones cosméticas veganas hechas en México y por manitas mexicanas. Las encontramos a base de las plantas o semillas menos pensadas, de una variedad muy amplia, para cada gusto, bolsillo y tipo de piel. Coincidentemente las dos últimas marcas que probé parten de una creencia muy similar y muy ad hoc dentro del contexto actual: la preservación de la salud.
El veganismo y la práctica vegana no son nuevas, ya tiene 76 años de existir tal y como lo conocemos actualmente (Al Oriente se remonta al Hinduísmo, en Occidente a la época Pitagórica). Inicia en aquel año de 1944 cuando en el Reino Unido, Donald Watson se separa de la Vegetarian Society para fundar la Vegan Society y a través de ella establecer los criterios contemporáneos del cómo ser vegano: “excluir, en la medida de lo posible y lo practicable, todas las formas de explotación y crueldad hacia los animales para usos de comida, vestimenta o cualquier otro propósito” (The Vegan Society, 2019).
“Si no comes carne ¿de dónde obtienes las proteínas?”, una de las frases más clásicas que uno escucha recurrentemente cuando se transita al veganismo. Hace tres años cuando inicié en esta brecha, mientras comía con una compañera de trabajo, ella me dijo así en mala onda con su vibra negativa: “tú pan tiene huevo”. Me hizo dudar y ya no me lo comí, escupí el bocado.
Hasta el año 2020 pensaba que tener un hombre vegano como pareja era un requisito fundamental para mí, hoy pienso diferente, ¿por qué? Porque en el veganismo como todo en la vida, y en especial en el campo del amor, no existe tal cosa como un blanco o un negro, la escala de grises es infinita y caben muchas posibilidades.
Hay un dialogo en particular que la mayoría de quienes optamos por la alimentación vegana experimentaremos en algún punto de nuestras vidas:
Las prácticas de la alimentación vegana se manifiesta en formas paralelas de entenderla y llevarla a cabo, sabemos que el veganismo como filosofía de vida se comprende a través de la definición acuñada en 1944 por el fundador de la Vegan Society, Donald Watson: “un estilo de vida que puede cambiar al mundo al comer sólo del reino vegetal, al no consumir animales y al cuidar lo que se viste”.
Reflexionar acerca de lo que comemos y por qué lo comemos no es un tema que nos quite tiempo mental en el día a día. Generalmente si llegamos a pensar sobre ello, nos lo cuestionamos en términos de si el alimento es “bueno o malo” para nuestra salud y no a nivel de los ingredientes que contiene, de dónde provienen y cómo se obtienen.
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