Las prácticas de la alimentación vegana se manifiesta en formas paralelas de entenderla y llevarla a cabo, sabemos que el veganismo como filosofía de vida se comprende a través de la definición acuñada en 1944 por el fundador de la Vegan Society, Donald Watson: “un estilo de vida que puede cambiar al mundo al comer sólo del reino vegetal, al no consumir animales y al cuidar lo que se viste”.
Reflexionar acerca de lo que comemos y por qué lo comemos no es un tema que nos quite tiempo mental en el día a día. Generalmente si llegamos a pensar sobre ello, nos lo cuestionamos en términos de si el alimento es “bueno o malo” para nuestra salud y no a nivel de los ingredientes que contiene, de dónde provienen y cómo se obtienen.
Existe un meme sarcástico sobre el amor vegane, cómo es que se idealiza que la pareja lo sea o en su defecto, la soltería es la única alternativa. Muchas personas que practican esta postura y la permean en cada área de su vida tienen muy claro que desean encontrar a su vegan love, otres son más flexibles y pueden darse la oportunidad con alguien no vegane.
Existe una creencia alimentada en gran parte por los medios de comunicación, la cual consiste en identificar como vegane a cualquier personaje de la farándula que adopte la dieta basada en plantas por motivos de salud o medio ambientales. Si bien este manejo de información quizás no se haga de forma mal intencionada, sí tergiversa el significado real de la postura vegana, su práctica y su forma de vida.
Mucho me pasa que cuando invito a amigos a comer a mi casa se ofrecen a traer el postre, ese por supuesto saben que debe ser vegano y por la misma razón que consideran que el huevo y el pescado lo es (realmente no tengo idea) también sucede con la gelatina, que entre otros muchos productos jamás sospecharías que contienen derivados de algún animal.
Esta reflexión surgió en una reunión familiar como escenario, hablando de Joaquin Phoenix, de su discurso al recibir el Premio Oscar, de su veganismo y del mío, etcétera. De repente mi hermano dijo en un tono muy despreocupado y light: “eso es una moda, va a pasar”. Todos asintieron con una expresión y continuaron la charla en esa línea. Yo me quedé callada, de esas veces que no hablas porque sabes que sin importar lo que digas de nada servirá. En el silencio meditaba que ni las personas más cercanas a mí comprendían la filosofía del veganismo, ni a ellas había impactado mínimamente y sentí una profunda decepción. Este modo de ver la vida rige todas mis acciones, mis decisiones y lo hago de corazón, con todo mi ser, hasta donde tengo alcance.
Yo no soy mamá de Quinoa, no creció dentro de mí, no la parí, no compartimos ADN y no, definitivamente no somos de la misma especie. Sin embargo la críe, llegó a mí con escasos dos meses de edad y sin ningún sentido de la coordinación. La ayudé a desarrollarse, le di libertad al jugar para agudizar sus reflejos, le enseñé, aprendí con ella, la corregí, detecté sus inseguridades, las enfrenté con ella -muchas las seguimos trabajando-, atendí sus necesidades médicas y cual neófita, me documenté sobre la marcha. En resumen, la cuidé como a cualquier bebé que necesitaba que lo amaran.
En octubre de 2019, Adrián López y Marte Cázarez lanzaron al mercado mundial “Desserto”, una piel vegana hecha a base de nopal cuya finalidad principal es la de reducir la huella ambiental en el proceso de producción, así como cumplir con todas las exigencias de la industria de la moda y la piel sintética. En una entrevista que realicé vía zoom a estos creadores mexicanos, Marte me contó que su innovación responde a una ausencia que Desserto vino a llenar.